Un día como cualquier otro, salió para la finca, ahí cerca a Ocaña.
Estaba recogiendo limones con papá, hablando de la familia, contestando sus preguntas sobre los nietos. Caminaban sabiendo, porque eso lo sabe uno desde siempre, que la zona les pertenece a ellos, no a los propietarios de las fincas, no a los campesinos o ganaderos, no, a ellos. Y uno sabe también que estas cosas pueden pasar. No los vieron venir. Cuatro hombres armados los detuvieron, le preguntaron a mi hijo cómo se llamaba y así, sin decir nada más, se lo llevaron.
Ya han pasado cinco meses y cinco días. La vida se convierte en un celular que no suena, que no vibra, que se niega a decirme lo que pasa. Hasta que por fin, una tarde, despertó. Era un número desconocido, pero lo supe desde el primer timbre. – Mamá, soy yo, Ramón, me tiene “retenido” el ELN, es un secuestro político y económico. Me han tratado bien, cuide a mi papá – Silencio. La cifra que nos piden para liberarlo no la podemos reunir, no tenemos cómo. La esposa de mi hijo les dijo, les rogó que investigaran bien, que miraran a quién tenían secuestrado, que entendieran la situación.
Las noches son muy largas. No tenemos paz en ningún momento, y me pregunto cómo estará sufriendo él, lejos de sus hijos, de su esposa y me digo: si nosotros estamos así, con la vida detenida, qué será de él. Ramón tiene una prótesis ocular, siempre ha sido propenso a las infecciones. ¿Qué pasa si se infecta? ¿Tiene los medicamentos necesarios? No duermo. El otro día, su esposa, llorando, me contó que mi nieta, de 9 años, siempre que piden un domicilio, le dice: mamá, ¿podemos mandarle de esto que tanto le gusta a mi papá allá donde está?, ¿podemos? Y ella no sabe qué contestarle, cómo explicarle por qué pasan las horas y los días y su papá no vuelve a casa.
Dos de mis hijos están en Bogotá, así que en Ocaña, además de mi esposo, está Ramón José, que siempre viene a almorzar. Llega el medio día y el timbre de casa no suena, cada almuerzo se volvió una tortura, una espera que no termina. Y así me paso la vida. Cuando logro conciliar el sueño me despierto a las dos o tres horas y me pregunto qué puedo hacer, a quién puedo llamar para que me ayude. Y es que destruyen todo. La vida de nosotros. Lloro y siento angustia, incertidumbre e impotencia.
No es la primera vez que a mi familia le pasa esto. Empezó en 1988, el día que secuestraron a mi cuñado Pedro Cabrales. Fue el EPL. Nunca volvió. Luego, cuando el duelo apenas pasaba, las FARC secuestraron a mi otro cuñado, Ramón, que tenía Lupus. Fue el 6 de junio de 1991. Mi esposo le dijo a la guerrilla que le aceptaran el canje por otro hermano que no estuviera enfermo. Le dijeron que no. Pero luego, un día, aceptaron. Lo citaron en una región del sur del Cesar. Primero llegó una chalupa y en esa se fue Federico, otro hermano. Al rato, cuando pensaba que lo habían engañado, apareció una segunda chalupa. Navegaba con el cadáver de Ramón.
La última prueba de supervivencia de mi hijo llegó en un papelito. Tenía fecha del 30 de noviembre, pero eso no nos dice nada de su estado, de cómo está él. El ministro de defensa, el señor Villegas, nos confirmó que sí lo tenía el ELN. Y nos dijo que antes de sentarse a dialogar con ellos, tenían primero que soltar a Ramón José. Ya no sé qué más decirle. Me está matando la tristeza.
Esta es una reproducción de una conversación que tuve esta semana con Marlene Camacho de Cabrales, la mamá de Ramón José, secuestrado por la guerrilla del ELN en Ocaña. Cada semana, cuando registramos noticias de los acercamientos entre el gobierno y el ELN, me pregunto qué sentirá doña Marlene. Por supuesto, no me puedo contestar. Y puedo pretender, en una falsa empatía, que imagino lo que siente una familia a la que someten a esta tortura. No. Termino de escribir este artículo, ustedes terminan de leerlo, y pasamos a otra cosa, al siguiente tema de moda. Marlene, en cambio, se repite esta historia una y otra vez. La vida detenida.
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